A. J. Máspero: Discordia (2012)

3.0

“Discordia” es un título engañosamente conciso para una novela tan compleja. Desde el prólogo, una escena de tortura generosa en descripciones gráficas, podemos inferir que se trata de una visión a gran escala, que abraza la ciencia ficción con el mismo enfoque paulatino y sutil con el que “Canción de hielo y fuego” abraza la fantasía. Aquí la estética industrial, grisácea y cyberpunk le hace fondo a un thriller bélico y de espionaje a la vieja escuela.

Estamos en un mundo dividido entre las naciones del Norte y del Sur, en guerra desde tiempos inmemoriales, muy al estilo de “1984” y su Eurasia, Estasia y Oceanía en eterno combate. Siguiendo la tradición orwelliana, tenemos una franja de terrenos en disputa, las cuales son conocidas (muy apropiadamente) como las Tierras de Nadie. El Norte secuestra a niños sureños para adoctrinarlos y usarlos como carne de cañón contra su país natal. Uno de estos “rescatados” es Sean Samsen, un adolescente de 17 años que trabaja en un centro informático. Un día es misteriosamente convocado por el comandante James Hentersen, otro rescatado del Sur con el que comparte un pasado escabroso, para emprender una misión suicida en la nave Insidia a través de las Tierras de Nadie y más allá, acompañados por la pareja de Hentersen, la asistente médica Kethlyn Dunmer.

Se lee extenso, pero apenas si revelé un poco más de lo que la contraportada del libro revela. “Discordia” comienza misteriosa, construyendo cuidadosamente su mundo sin dar muchas indicaciones de hacia donde irá, y los lectores ansiosos por abrir los regalos antes de tiempo podrán verse un tanto impacientes durante el segmento inicial de la novela. Sin embargo, si eres de esos que ya pasaron por cosas como “Juego de tronos”, sabrás que cuando omitir explicaciones es deliberado y incompetencia del autor, suele ser recompensado con creces. Eso ocurre aquí, y un par de interludios irrumpen y contextualizan, dándole profundidad a los personajes. Después del primero, la novela gana peso y eje, y arranca un brutal camino hacia un clímax lleno de giros. 

El realismo en “Discordia” no se contenta en mostrar sangre (aunque bien podría ser una película R-rated). Está en los personajes: Samsen es un adolescente cualquiera, con inseguridades y mucha timidez. “Ya se ha visto antes”, dirán, pero no se trata del falso underdog que nos venden Hollywood y los autores de young adult: ese supuesto marginado social que resulta igual de todoperoso y atractivo que cualquier otro héroe de cualquier otra historia. Sean Samsen está pasado de peso, es físicamente inepto, y sus dificultades sociales son descritas de manera tan honesta por el autor que el lector siente una punzante regresión a sus años en secundaria. Cuando se trata de la ansiedad provocada por el interés romántico, la sensación está descrita completa, sin filtro, con fantasía sexual púber incluida.

El desarrollo del carácter de nuestro héroe nos recuerda en muchas ocasiones al de Bilbo Baggins en “El Hobbit”, especialmente debido a su constante añorar del “útero protector” del centro informático donde trabajaba (todos tenemos nuestra Comarca personal). Sus compañeros también reciben cierto desarrollo a base de flashbacks, siendo el más beneficiado el comandante James Hentersen, el cual evoluciona de ser un recio militar con una desfiguración de villano James Bond en el rostro, a ser una figura más… bueno, supongo que tendrán que leer la novela para averiguarlo.

A medida en que “Discordia” va revelando sus secretos, captura al lector y lo recompensa con acción. Al terminarlo dan ganas de ponerle las manos encima a la secuela, “Discordia: Los Vientos del Norte”. 

Sí, sé que ese título suena como algo salido de “Canción de hielo y fuego”. Es evidente que Andrés —editor de JuegoDeTronos.com.ar— aprendió un par de cosas de la escuela de George R. R. Martin, como el arte de inventar nombres creativos para personajes, modificando levemente las consonantes de nombres ya existentes. Aquí tenemos apelativos badass, como Rikkard Masters, Daveigh Myasen, Aiden Tayler. Hay un generoso uso de terminología sexy (como “irrisorio” y “exiguo”), complementada con metáforas creativas para la violencia y putrefacción: miembros amputados, inclemencias del clima, entornos insalubres, todo se describe con mordida. En las secuencias de acción hay bases militares, infiltraciones, aviones caza, hacks y explosiones. El soundtrack de “GoldenEye” suena en tu cabeza al leer. 

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