Donald Trump, Robert Kiyosaki: Queremos que seas rico (2006)

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“Yo te puedo hacer rico sin necesidad de leer un libro de 300 páginas: pones una página de internet con vídeos de gatos, pagas el servidor. Te haces rico. Ves, un mensaje directo y sin tapujos.”

—Mark Zuckerberg

“El equivalente literario a un bukkake para el lector.”

—T. S. Eliot

Todo lector debe pasar por ese momento en el que aprende, por las malas, que no se puede confiar en los libros que prometen mucho en el título, que parecen ser la solución empastada a todos tus problemas. Los titanes de esa ralea de autoayuda, en el aspecto económico, son Donald Trump y Robert Kiyosaki; era cuestión de tiempo antes de una colaboración.

Este libro ha estado pudriéndose en mis estantes desde que tengo memoria, comprado por mi papá. Nunca me había molestado en checarlo porque adquirí el filtro anti-basura a una edad temprana gracias a haber leído “El Secreto” de Rhonda Byrne. Pero el título siempre me había invadido de morbosa curiosidad: es carnada de primera, y quise ver si tenía algún consejo valioso. 

Lo terminé pronto, pero fue difícil. En primer lugar es obvio que, como todos los libros de estos sujetos (sobre todo Trump), fue escrito por un ghost writer. ¿De donde van a sacar la dedicación estos cerdos inútiles para escribir si ya tienen la vida resuelta? Las primeras cien páginas son felaciones mutuas al ego del otro, historias irrelevantes de como se conocieron, con Kiyosaki siendo el aprendiz sumiso que habla de Trump como un hombretón de gran porte y presencia: su figura es “imponente, majestuosa”. Se hace menos: “yo soy millonario, él es multimillonario“. Get a room! 

El siguiente centenar de páginas son redundancias. Trump tiene obsesión malsana con el petróleo y con la muerte de los baby boomers, y eso dice más de él que de cualquier otra cosa. Uno eventualmente debe mascar la fría realidad de que tipos como estos simplemente nacen con ventaja. Bueno, según Kiyosaki, él era pobre y escaló con mucho esfuerzo para llegar a donde está ahora. Lo gracioso es que donde está literalmente ahora es la bancarrota, porque su compañía quebró en 2012.

Trump es tan narcisista que da miedo. Párrafos se van hablando de sus múltiples marcas, programas de tele, juegos de mesa, y demás cosas que él asegura muy famosas pero de las cuales nunca en mi puta vida he escuchado hablar. Asumo que porque su target audience son cuarentones como Dilbert que creen que se harán ricos y compran botellas de agua con su cara.

Casi me da un ataque cuando, de repente, se ponen a hablar de dios y sacan a colación la parábola de los talentos que tanto me han repetido en La Salle. Las últimas páginas están repletas de fotos de la familia Trump siendo rica y aún así, teniendo pésimo gusto. Oh por dios, esas paredes. Oh por dios, ese cabello. Imaginarlos como la familia presidencial es jodidamente aterrador.

El mejor consejo que se puede extraer de este libraco ya lo ha expresado mejor el más grande filósofo y artista del performance del siglo XXI, qué digo del siglo, del milenio, Shia Labeouf, de manera mucho más elocuente: JUST DO IT!

 

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