Parasyte (1988)

3.5

Parasyte es un pequeño manga clásico de 64 capítulos que salió a la luz entre 1988 y 1995 en la antología Monthly Afternoon. Es el magnum opus del escritor y dibujante Hitoshi Iwaaki. El núcleo de la trama es ciencia ficción pura, con algunas añadiduras estilísticas como el body horror de los fluidos trazos de Hitoshi. Me atrajo gracias al anime y sus peleas con entes que lucen como simbiontes del universo Marvel pero más fucked-up. Decidí leer el manga primero y me encontré con que las cosas eran más complejas de lo que esperaba. Es una historia que siempre toma la vía más inteligente en lugar de la más ruidosa y predecible.

“Parasyte” habla de la humanidad, su relación con otros seres vivientes, y lo que significa ser humano. Es la especialidad de la ciencia ficción, e incluso comienza parecido a una obra maestra del género, “La guerra de los mundos”, con la Tierra vista desde el espacio mientras caen varias esporas a ella. La narración dice: “sobre la Tierra, alguien pensaba… si la mitad de los humanos desaparecieran, ¿cuantos bosques serían salvados?”.

Las esporas contienen gusanitos que ingresan a los humanos y toman su cerebro. Se distinguen como nosotros pero esperan a la primera oportunidad para soltar mil tentáculos, ojos extra y retorcer su anatomía de maneras Dalí-escas y comernos de la manera más gory posible. Ese iba a ser el destino del joven Shinichi —quien cursa prepa y tiene 17 años—, pero aisló al ser en su brazo derecho con un cable y este terminó poseyendo solo su mano. Al final, los dos concuerdan en coexistir, pues el parásito —bautizado como Migi (“derecha”) por Shinichi— muere si se separa de este, y el muchacho tampoco quiere perder un brazo.

La primera mitad del manga fue enormemente adictiva para mí (la segunda también, pero cambia a un tono más meditabundo), pues tocaba temas muy coming-of-age en un entorno adolescente de manera inteligente y con una vistosa añadidura sci-fi. En esta parte del manga, la historia tiene el mismo appeal que “Spider-Man”, la cual también emplea los superpoderes de Peter Parker como una metáfora para los cambios que se dan en la adolescencia (especialmente notorio en el lenguaje visual de la película de 2002).

La diferencia radica en que en esta ocasión, la voz de la razón fría que se debe conciliar con las emociones y las ansias de nuestro protagonista no es una voz interna despertada por los cambios físicos, sino que es el cambio físico en sí el que está hablando: Migi inicialmente es un alienígena egocéntrico y gélido que solo vela por su supervivencia y amenaza a Shinichi. Constantemente lo perturba con sus actos amorales y sus decisiones poco empáticas para con los demás a la hora de actuar por la supervivencia de ambos.

Toda la historia de estos dos es acerca de mediar perspectivas, la emocional y la racional, y de cuestionarse si realmente es racional el abrazar por completo una olvidándose de la otra. Vaya, hasta Shinichi pasa por una etapa “oscura” típica de la edad pero bajo la supuesta influencia biológica de la carencia de emociones de Migi. Pero poco a poco se revela que Migi también evoluciona. Me agradan bastante las historias que recalcan que ser emocional no siempre es sinónimo de ser un idiota, y que ser racional no siempre implica hacer lo humanamente correcto.

Es por esto que “Parasyte” no se vuelve la historia de un vengador superpoderoso. Eso hubiese sido demasiado fácil. Los demás parásitos cometen masacres por todo Japón, y esperaba ver a Shinichi y Migi destruirlos a diestra y siniestra. Pero no, hasta allí llegan las similaritudes con “Spider-Man”; esta no es la historia de un vigilante adolescente, sino una subversión de ella. El pensamiento de serlo le pasa por la cabeza a Shinichi, para luego ser aplastado por las circunstancias, por su propia incapacidad física y por su edad, y por reflexiones que han surgido tras combatir con tantos parásitos y tras interactuar con algunos que se han logrado adaptar a la vida como seres humanos sin necesidad de matar.

Uno de los mayores logros de “Parasyte” es hacernos reflexionar sobre nosotros mismos sin caer en la misantropía barata jipi en la que muchas historias caen, ¿qué quieres, que me suicide, estúpida “Avatar”? No; aquí la inclusión de los parásitos es una herramienta para brindar algo que esté por encima de nosotros en la cadena alimenticia, algo que nos vea como nosotros vemos a los cerdos (cosa que también hizo la novela La guerra de los mundos) y que simplemente esté velando por su supervivencia. Uno de los momentos más fuertes de la historia llega en el capítulo “Repression”, cuando las fuerzas armadas cazan parásitos infiltrados en una muchedumbre, donde acorralan y asesinan a un hombre gritando un discurso desesperado sobre nosotros haciendo con las demás especies lo que los parásitos hacen con nosotros. ¿La sorpresa? Era un humano no poseído.

Pero lo más instantáneo y disfrutable es el arte de Hitoshi: mirar es un morboso placer.

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