David Bowie

David Bowie es mi artista favorito y lo seguirá siendo por siempre.

Sí, yo sé que hay y hubo figuras más underground, más avant-garde y más virtuosas y que la ópera y que la música clásica y que esto y que lo otro: no me importa. Sé todo eso: soy una fonoteca con patas y no me voy a poner a reseñar música solo porque sí.

Sé todo eso, y David Bowie era mi favorito de todas maneras.

David Bowie tuvo un papel integral en mi formación como ser humano. Cuando lo conocí a la edad de quince años, habían sido quince años de alieniación social. Alieniación que venía por el simple hecho de expresar interés en cosas que a la mayoría no le interesan, leer cosas que a la mayoría no leen y comportarme como la mayoría no espera que se comporte un individuo del sexo masculino. Entonces me topo con alguien que nació a principios del siglo pasado y que aportó a toda una revolución cultural escribiendo música maravillosa acerca de cosas que pocos leen y que a pocos le interesan, y transgrediendo las barreras de género. Al principio miré con cierta aversión su apariencia andrógina, pero me di cuenta de que lo hice porque había retazos en mí del mismo tóxico condicionamiento que hizo que toda mi vida haya sido llamado “gay” a manera de insulto. Bowie me liberó de esos retazos.

Me recomendaron a David Bowie a raíz de que estaba triste porque, en mi mente púber, creía que mi primer noviazgo estaba condenado a durar únicamente los tres años de preparatoria. “Eso me suena a una línea de ‘The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars’ de David Bowie, escúchalo”, me dijo Rodrigo, un amigo de Argentina, por chat de Facebook. Y así lo hice, y el encontrarme con uno de los álbumes más cohesivos, hímnicos y emotivos de todos los tiempos curó mi corazón. Al final mi relación duró menos de tres años, pero de nuevo, “Ziggy Stardust” estuvo ahí y curó mi corazón. Es mi lugar feliz, o mejor dicho, al primero que recurro.

Seguí escuchando a Bowie, y cada álbum fue un reto para mis oídos. Era como si cada uno de sus trabajos los hubiera hecho alguien diferente e igual de talentoso. Tener un gusto por David Bowie es como tener un gusto por más de veinte artistas diferentes. Y está el Bowie actor, y está el Bowie pintor, y está el Bowie mimo. Un artista completo. Algo que siempre he querido ser. Antes de conocerlo, incluso creé un personaje al cual adjudicarle mis escritos: Zamuthustra. Mezcla, por supuesto, de Zamudio y el mítico Zarathustra de Nietzsche.

Cuando me enteré de la muerte de David Bowie sentí una presión en el pecho y de inmediato le di otra visita a su último álbum, , que no había resistido la tentación de descargar filtrado semanas antes. Pero viniendo de alguien que cantaba sobre la muerte desde que estaba en sus veintes, pensé que las letras eran su usual melodrama fúnebre. Pero no, esta vez era diferente: era una legítima despedida. No una cabizbaja, sino una teatral, conceptual, deliciosamente meta. El sujeto mantuvo en secreto su cáncer, tomó a la muerte como parte de su última gran performance, una pincelada más de su última gran obra maestra. Todo estaba planeado, nos dijo su productor y amigo Tony Visconti. Dándome cuenta de esto, juntando todas las piezas del rompecabezas en cama mientras escuchaba el épico final de “I Can’t Give Everything Away”, esbocé una sonrisa.

Entonces, esa estrella negra que adorna y titula su último álbum es ahora para mí un memento mori. En el vídeo de “Lazarus”, David canta en una cama de hospital con los ojos vendados mientras la muerte espera debajo; sin embargo, en otra habitación, el músico emerge de un armario en uno de sus vestuarios de antaño, bailando y posando, sentándose a escribir en un libro con la cara entusiasmada y sonriente al sentir cada idea fluir, antes de finalmente retirarse.

A veces he estado enfermo, ha veces adolorido, a veces triste y a veces al borde de la depresión (cosa que casi siempre mi firewall de narcisismo evita). Pero siempre intento que se me lea seguro, buena onda, tan estúpido como siempre. De verdad que lo intento, y no siempre tengo el éxito que quiero. Sin embargo, si ese hombre que en un momento me dio la seguridad necesaria para hacer lo que me gusta, aún moribundo se pudo parar y grabar un álbum, entonces no tengo excusa. Aún si solo me conocen diez personas y no diez millones.

Es por ello que no me importa que David gane mayor fama a raíz de su muerte. Sí, fanáticos nuevos surgirán, y sí, podrían ser hasta los que lo empezaron a escuchar ahora “por moda”. Sí, no todos conocen toda su obra: unos lo recuerdan por “Starman”, otros por “Space Oddity”, otros por “Labyrinth”. En cualquier caso, está bien, y no deberíamos tener problema alguno con ello. Ese es el punto, esa fue la visión que mantuvo durante toda su vida: crear algo diferente para todos, y no dejar de crear.

En pocas palabras, la filosofía que hizo que me identificara con él en primer lugar. Puedo decir que la muerte de David Bowie me ha fortalecido. So long, Starman, you blew our minds.

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