Anomalisa (2015)

4.0

“Anomalisa” era publicitada como una experiencia melodramática y feel-good, y lo que podías inferir del tráiler era que se trataba de una historia sobre un hombre de mediana edad que redescubre las maravillas de la vida al conocer a una chica única y especial, a una Manic Pixie Dream Girl que rompe con su grisácea vida. Parecía ser algo así como la trama más cliché del universo usando como gimmick el stop-motion hiperrealista, así que no esperaba gran cosa. Y caí directo en la trampa, pues Charlie Kaufman y Duke Johnson tuvieron control creativo sobre el tráiler, el cual te vende precisamente los clichés que la película subvierte.

“Anomalista”, basada en una obra de teatro escrita por Kaufman, originalmente iba a ser un cortometraje financiado por Kickstarter, pues Kaufman dudaba de que su propuesta fuese aceptada por Hollywood. Si no saben quien es Charlie Kaufman, se trata de uno de los mejores guionistas de la historia, con tres guiones reconocidos por el Writer’s Guild of America como unos de los 101 mejores de la historia (el de “Eternal Sunshine of the Spotless Mind” entre ellos). “Anomalilsa” recaudó tanto dinero en Kickstarter que Starburns Industries, la productura a cargo, decidió poner dólares adicionales en la mesa para extender su duración a la de un filme listo para las salas de todo el mundo.

Michael Stone (David Thewlis) es un hombre de expresión triste y cabello salpicado de canas, en un viaje en avión a Cincinnati, Ohio (la ciudad de The National, no es sorpresa) donde dará una conferencia sobre servicio al cliente para promover su libro al respecto. Al llegar al aeropuerto, toma un taxi a su hotel y el conductor intenta hacerle plática, a lo cual responde con falsa cortesía, con un dejo de finalidad en sus respuestas que indica que quiere que el sujeto se calle; más tarde, a lo largo del viaje a su habitación en el hotel, nos topamos varias veces con esta misma situación recreada de diferentes y sutilmente hilarantes maneras.

Ya en su habitación, aprovechando que está en la ciudad donde reside un viejo amorío, Bella, decide llamarla e invitarla a tomar algo en el restaurante del hotel. Ella accede (no sin antes advertirle que no se encuentra bien emocionalmente), y es aquí donde empezamos a notar algo raro: todos los personajes aparte del protagonista poseen la misma voz masculina y desinteresada (Tom Noonan); sí, incluso los femeninos. Nos confundimos, pero lo dejamos de lado suponiendo que tiene un significado y que no se trata de falta de presupuesto, así que proseguimos con la plática de los personajes. La cita termina cuando la chica sale infuriada del restaurante, pues de la nada Michael la invita a su habitación (a coger, obviamente) aún cuando esta le había dicho que se sentía sensible e inestable emocionalmente.

Más tarde, Michael escucha una voz femenina —la única otra voz “única” en la película— y decide seguirla. Llegamos a una habitación con dos mujeres que son amigas, una de las cuales posee dicha voz, Lisa (Jennifer Jason-Leigh). Se emocionan mucho al verlo frente a su puerta y nos enteramos de que están ahí para ir a su conferencia, cosa de la cual este se aprovecha para invitarlas a tomar algo. Hasta ahí las cosas van bien a pesar de las diferencias de edad, pero todo se pone extraño cuando este termina invitando a Lisa a su habitación frente a su amiga, a lo cual esta accede (lo cual no significa que la escena menos incómoda).

Ya dentro de la habitación, la película se torna aún más difícil de mirar: Michael está fascinado con la habladuría intrascendente de la chica, pero para nosotros los espectadores es bastante obvio que es redundante, insegura, y no parece tener demasiadas luces. En cambio, Michael la ensalza como un individuo fascinante y subvierte las críticas que ella misma se hace a sí misma, como la de llamarse “anomalía”, palabra que mezcla con su nombre para darle título al filme: Anomalisa. Tienen sexo, duermen…

…y es aquí donde las cosas se ponen raras.

Ahora bien: hay, primordialmente, dos maneras o perspectivas de mandar un mensaje sobre la vida a tu audiencia. Una es la optimista, esa que toma toda la brea oscura del ser humano y la hace a un lado, pues no es bueno ir por la vida estando tortuosamente consciente de la imperfección humana y de la indiferencia del mundo. Está la otra perspectiva, igual o más necesaria, pero mucho menos común y cómoda que la primera. Esa que abraza la oscuridad, deconstruye el cliché del optimismo, y te brinda consciencia. Una consciencia que eventualmente usarás para volver al primero de los dos estados, pero que es necesaria como especie una vacuna amarga para evitar la amargura absoluta… como la que rodea a nuestro protagonista.

¿A qué me refiero? Esta pudo ser una película muy buena, feel-good y conmovedora (como había supuesto que era por la publicidad), pero en lugar de eso optó por la segunda vía y se convirtió en una obra trascendente. La película habla sobre los factores que nos hacen conectarnos o aislarnos, sobre como el ego manipula nuestra percepción del valor y, por tanto, marca la medida en la que nos aislaremos o conectaremos con los demás.

Michael Stone es un hombre con mucho ego. Es pragmático a un extremo en el que rechaza toda plática “innecesaria” (las cuales a fin de cuentas son las puertas a una interacción profunda) y termina viendo a los demás como individuos molestos, robóticos, mecánicos, grises masas indistinguibles una de la otra que caminan por su vida molestándolo en lugar de simplemente hacer lo que tienen que hacer para que él pueda vivir en paz y enseñarle a la gente como conectar con el cliente. Esto es irónico, contradictorio, dicotómico… y plasma perfectamente la tragedia de la soledad del ser humano.

“Recuerde siempre que el cliente es una persona como usted. Cada persona que atiende tuvo un día: algunos son buenos, otros son malos, pero todos han tenido uno. Cada persona que atiende tuvo una infancia, cada uno tiene un cuerpo. Cada cuerpo tiene dolores. ¿Qué significa ser humano? ¿Qué es el dolor? ¿Qué es estar vivo?”

Cerca del final de la película, Michael entrega ese discurso, se atora rumbo al final, y comienza a dar consejos genéricos para terminar cayendo en crisis y escupiendo una diatriba sobre el gobierno y el calentamiento global que ahuyenta a la audiencia. Pero lo que importa sobre todo es ese principio, ese fragmento en el que contradice —quizá sin saberlo conscientemente— la manera en la que va por el mundo.

El segmento surreal del filme se encuentra a la mitad, cuando Michael sueña que todos en el hotel son la misma persona, que todos quieren tener sexo con él, y que debe de escapar con el único ser especial del mundo: su querida Anomalisa, la anomalía fascinante, cuyos defectos son maravillas a sus ojos, la persona a la que le dijo “te amo” en una noche y de la cual escuchó atento sus pláticas bobas. Al despertar y tomar desayuno con ella, se da cuenta de sus modales en la mesa. Ya sin alcohol en su organismo y habiendo logrado su cometido sexual, ya con las sustancias placenteras en su cerebro comenzando a disiparse, comienza a tratarla justo como trató al taxista, como al encargado del hotel. Le reclama su manera de sujetar los cubiertos, de masticar, y entonces… su voz, antes única, comienza a fundirse con la voz masculina y seca que poseen todos los demás.

“Anomalisa” es importante porque nos muestra la trampa mortal del ego ofuscando el simple —pero aparentemente dificíl de comprender— hecho de que todos los demás son un individuo completo y tridimensional, tal como nosotros. ¿Crees que no te ha pasado? Haz la prueba: intenta ir y hablarle a ese amigo al que consideras un idiota, ese que sale de fiestas y disfruta de películas de Michael Bay, hazle plática casual e intenta estimular su unicidad y verás que es un ser humano completo como tú, con sueños, esperanzas y temores; quizá hasta te caiga bien y quizá hasta ganes un nuevo amigo. Lo mismo con la chica que escucha música de banda, con el reguetonero y con el metalero, con el musculoso y con el chico que raro que escribe sobre cine.

Todos somos humanos. Nadie es un robot hecho a base de engranajes que solo va por ahí queriendo molestar, y tanto puedes hacer que todos lo sean para ti, como puedes buscar lo especial en la gente. Después de todo, es lo que hacemos al enamorarnos: ¿cuantas veces no han escuchado una variación de ese discurso sobre los “defectos perfectos” que Michael le echa a Lisa en la cama? Está en el clímax de “When Harry Met Sally…”, en cualquier sitcom con un crush en la trama, en cualquier novela romántica young adult, y en “All of Me” de John Legend. ¿Está mal? No, es la base de la socialización y del amor, pero es algo que podemos olvidar si estamos muy perdidos en nosotros mismos, cegados por la ilusión que nos hace creer que todos los demás son el mismo ser ajeno a nosotros, justo como ocurre a alguien con el síndrome de Fregoli, del cual toma su nombre el hotel de la película.

En el fondo, Michael sabe todo esto, y la película no le da ningún tipo de redención al personaje: al final se queda sentado triste, de vuelta en casa con su esposa e hijo, mirando fijamente a la chica japonesa mecánica que le compró a su pequeño hijo como “regalo” en una sex-shop.

Ah sí, verán, fue un malentendido muy gracioso: le dijeron que había una juguetería cerca del hotel y, cuando se dio cuenta del tipo de juguetería que era, de todos modos compró lo más llamativo que vio solo para cumplir con su familia y ya. “¿Me comprarás algo?” le preguntó su hijo por teléfono cuando tomó la llamada de su esposa. Michael responde “va directo al grano” y eso aplica para él también, queriendo ir directo al grano tanto con aquellos que le buscan brindar un servicio, como con su expareja al querer brincar directo al sexo, como con la preciada Anomalisa al comenzar a proponerle matrimonio sin haber pasado ni 24 horas. Directo al grano, sin querer pasar por el trabajo, por el esfuerzo, por la construcción, tomando todo ello como un sufrimiento que le impide llegar al placer.. y allí es de donde proviene su dolor.

Michael es el verdadero robot en la película y, en sus secuencias surreales, su mecánico rostro de muñeco amenaza con malfuncionar y desprenderse, dejando abajo solo plástico, tornillos, y engranes. Es aquí donde te das cuenta de que la animación en el filme tiene una razón de ser. En “Anomalista”, estilo y sustancia son uno mismo, como ocurre con las mejores películas.

Anomalisa

Charlie Kaufman, Duke Johnson

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