The Searchers (1956)

4.0

Ambientado con preciosas vistas de Monument Valley, el viaje de venganza de “The Searchers” no es solo bello sino que posee una consciencia social muy adelantada a su época, con un enfoque innovador hacia muchos de los arquetipos vistos en el género hasta entonces. La satanización del indio americano y la idealización del héroe blanco son conmutadas por las motivaciones y los demonios de la relación entre razas y culturas. 

Texas, 1868. Ethan Edwards (John Wayne), un veterano de la Guerra Civil, regresa al rancho de su hermano Aaron (Walter Coy) y su cuñada Martha (Dorothy Jordan) después de varios años de deambular tras luchar del lado de los Confederados. Su familia lo recibe con los brazos abiertos y él reparte regalos, poniendo especial énfasis en su sobrina Debbie, de ocho años (una pequeña Lana Wood). Sin embargo, rechaza al hermano adoptivo mestizo de esta, Martin Pawley (Jeffrey Hunter), porque aparentemente ser “un octavo de cheroqui” es ser demasiado cheroqui.

Así es: el personaje principal de una de las grandes películas del cine estadounidense es abiertamente racista, y cuando Debbie es secuestrada por una horda de indios comanches, este odio crece de manera tal que su obsesiva búsqueda de varios años desarrolla un deseo ya no de llevarla de vuelta a casa, sino de asesinarla: “vivir con comanches no es estar vivo”.

Los indios son retratados como seres violentos y violadores, sí, pero esta no es “Birth of a Nation“; se hace un intento de darles profundidad. El jefe comanche que tiene captiva a Debbie, por ejemplo, recolecta los escalpos de los blancos que mata, pero únicamente en venganza por lo que le han hecho su gente, y esta revelación le cae de lleno a las caras de nuestros buscadores por un momento. Es posible que el filme esté inspirado por el secuestro de la pequeña Cynthia Ann Parker en 1863 a manos de comanches, historia real que terminó con su muerte por inanición e influenza al no poder readaptarse a la vida en Texas tras su rescate.

Ethan no es glorificado a pesar de ser tan capaz, estoico, y poseer una presencia tan seductora y masculina. Esto último es mostrado como una debilidad, pues estamos viendo a un demente cuyo sentido de la justicia está motivado en gran parte por el terror de que la chica blanca sea violada por gente que él percibe como infrahumana. No hay una escena de explícita, pero la implicación carcome su psique, lo cual se demuestra visualmente en el momento en el que, frustrado y afligido, acuchilla una hendidura en el suelo, un acto de penetración violenta. Tal es la sed de venganza que niega su cristiandad, en una escena donde le dispara en los ojos a un cádaver comanche para que no pueda llegar a su más allá.

Está sugerido por la trama que Debbie, en lugar de su sobrina, bien podría ser la hija de Ethan: su ausencia de ocho años coincide con la edad de la niña al inicio del filme, y las miradas que comparte con su cuñada Martha dejan un adulterio implícito. La mítica resolución, con Ethan alzando a su posible hija en brazos y cambiando de parecer sobre asesinarla a último momento, es una escena muy querida que incluso dejó su huella en el título del filme en español: “Más corazón que odio”.

“The Searchers” es un parteaguas no solo para el wéstern, sino para el cine occidental en general. Lo que el director John Ford y su yerno, el guionista y crítico de cine Frank Nugent, hicieron con la novela de Alan LeMay, ha influido en muchas de las películas populares que vemos hoy en día. Están los paralelos directos, como el de la escena en la que Ethan descubre que el rancho de su hermano ha sido incinerado, y una secuencia casi idéntica en “Star Wars”; mientras tanto, el jefe comanche es el primero de una larga línea de antagonistas llamados “Scar”. Está también el fuerte símil entre Ethan y Travis Bickle de “Taxi Driver”, ambos motivados por un sentido de la justicia basado en un miedo freudiano y en un odio muy personal y resentido, con el segundo incluso enfrentándose a un proxeneta con sombrero vaquero llamado Sport.

Lo que al principio es una compañía de varios buscadores (entre ellos Ward Bond) termina reduciéndose a una dupla de Ethan y su sobrino adoptivo Martin Pawley, el de la ascendencia cheroqui. “The Searchers” emplea el tropo del hombre blanco con su mano derecha minoría (rastreable desde “Dr. No” hasta “The Legend of Tarzan” de 2016, y en una infinidad de obras más), pero esta no es la típica relación de maestro y aprendiz tonto y segundón, sino una donde la voz de la razón, la cordura y una moralidad más sincera viene del no-blanco. Martin a lo largo del filme desafía a Ethan, pone su racismo y los actos que de este emanan en tela de juicio, e incluso llega a negar la caridad con la que intenta lavar sus culpas.

Las mujeres a lo largo del filme se hacen valer a pesar de estar relegadas a roles de amas de casa, sobre todo el interés romántico de Martin, Laurie Jorgensen (Vera Miles, recordada por “Psycho”). Laurie le hace frente a Martin del mismo modo que este le hace frente a Ethan. Aunque no se trate de un personaje tan reprochable como el protagonista, Martin también exterioriza una masculinidad afrentada, sobre todo cuando compra por accidente a una mujer comanche en un intercambio, a quien trata con sumo desdén e incluso con violencia. Cerca del final del filme, Martin se sale de sí por completo cuando se da un triángulo amoroso en la boda de Laurie con Charlie McKorry (Ken Curtis); la secuencia, además, es un complemento humorístico, en un sentido shakespereano, para la odisea de Ethan.

“The Searchers” ha dejado también su marca estética. Las composiciones de Winton C. Hoch evocan desde “Lawrence of Arabia” hasta “Breaking Bad”, con los creadores de ambas obras citando al wéstern clásico como una influencia. En “The Searchers” podemos apreciar el carácter pintoresco de la escena del funeral, de las filas de nativos cabalgando en contraste con el cielo azul, así como la impactante aparición de Debbie al final, entregada con tan poca pompa que el espectador se impresiona tanto de verla como los personajes. Y está la carga emocional de la primera y la última toma, con Ethan parado en medio de un rectángulo de de luz creado por una puerta que vemos desde adentro.

John Ford es recordado como un gran exponente de la americana fílmica sobre todo gracias a “The Grapes of Wrath”, la historia de una familia abriéndose paso a través de la Gran Depresión. Sin embargo, muchos otros afirman que es en este, en su retrato más complejo del espíritu americano y de la realidad de sus relaciones no solo de raza sino de género, donde está una cara de la moneda obra más importante. “Algún día, esta nación será un buen lugar para vivir… quizá necesita nuestros huesos en la tierra antes de que ese tiempo pueda llegar”, dice uno de los personajes femeninos, y no podemos evitar esperar ese día con ansias. 

The Searchers

John Ford

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