Analogías y disertaciones sobre el año nuevo (válidas para este y los que vengan)

Crear divisiones en el tiempo es una de las maneras en las que evitamos perdernos en la ansiedad de una sucesión interminable de causalidad y casualidad. Si imaginamos la vida como una narrativa, podríamos decir que los meses son los capítulos, o quizá los trimestres, o los semestres; varía de persona a persona. Recuerdo que cuando estaba en preparatoria me reía con mis amigos inventando títulos para episodios de una hipotética serie que trataba de nosotros. El ciclo escolar era una temporada, por supuesto. Me la pasaba imaginándome como los dramas estudiantiles eran cliffhangers y la trama era tan edgy por tener contenido R (¡como besar a alguien detrás de una puerta de un salón! ¡yikessss..!). No me quedé con las ganas de ver una serie así de todos modos, acabo de empezar a ver “Skam”. 

¿De qué iba todo esto? Oh, cierto. El tiempo y todo eso. Si me remonto a más atrás, a cuando era niño, recuerdo que ya era familiar con esa sensación de reboot colectivo que se tiene cuando llega el año nuevo. ¿Sensación de reboot? Sí, un año nuevo equivale a cuando desgastas unos zapatos que creías que atraían la atención de todos y que te hacían ver genial pero a los que nadie hacía caso en realidad (y seguías teniendo las mismas ojerotas, inalteradas); te compras unos nuevos, y el ciclo se repite. O cuando cambias de cepillo dental y se siente como un masaje de los mismísimos dioses en tus encías… justo como se sentía el viejo al principio. Pero eventualmente gastas el zapato bonito porque tu pie es plano, y el cepillo también, porque nunca aprendiste a cepillar tus dientes en preescolar.

Tus versiones de gastar el zapato y arruinar el cepillo van cambiando año con año. Recuerdo que, en esos días de infancia, mi mayor frustración en víspera de 200x era que nunca me dormí temprano un solo día, y juraba empezar el año nuevo yéndome a dormir a las siete de la noche (“¡se te va a secar el cerebro si te sigues desvelando!” me decía mi familia). Por supuesto que jamás cumplí con mi palabra (ahí me tenían leyendo “Harry Potter” hasta la una… al menos mi cerebro no se secó porque lo nutría con Mundos de Imaginación y Fantasía™ gracias a la lectura).

De ahí, mis tensiones findeañeras fueron cambiando a no haber leído tantos libros como quería o que no había terminado de ver tal filmografía o discografía esencial. Nada que no se pueda posponer o que no puedas arreglar, al fin. Seguía viviendo bien cómodo con mis papis. Ahora estoy viviendo solo y mis zapatos aplanados van aumentando de grado: ya no te puede valer verga reprobar tal materia porque de eso depende que sigas en la carrera, ya van cinco años y ni siquiera te le has acercado a “El discreto encanto de la burguesía” —pero confías en que entenderás mejor todo ese cine artsy con tu FLAMANTE PSIQUE DE VEINTE AÑOS—, tienes poco dinero en la tarjeta por haber comprado algo completamente inútil… y estoy seguro de que, en unos años, todo esto me será tan ridículo como haberme preocupado por no irme a dormir temprano de pequeño.

Es como si, con el tiempo, la sensación de haberla cagado en retrospectiva se intensificara. Podrás pensar en los años como capítulos o tomos, pero nunca como niveles de videojuego que puedes volver a jugar para terminarlos al 100 %. Nah, al siguiente y te aguantas, no hay replay para atrapar todos los anillitos. Lo único que la vida tiene en común con “Sonic” stá en su pinche fan art raro (el otro día vi uno que me recordó a un fin de semana particularmente placentero). Lo único que te queda es esperar ser lo suficientemente consciente este nuevo año para al menos cagarla de otras maneras, o —siguiendo la analogía con los videojuegos— irte por un lado del mapa que no habías explorado antes. Igual y te encuentras con un bug divertido y te ríes un rato de cómo tu cabeza se queda atorada con una piedra, o como vuelas por encima del mapa y hasta te sales del área jugable (sí, esto es apología al uso de psicodélicos). 

Si de algo me he percatado en la última década es que la experiencia del año nuevo cada vez se vuelve más homogénea gracias a las nuevas tecnologías. Antes las opiniones eran variadas: me fue bien, me fue genial, estuvo horrible, sigo en mi eterna indiferencia, etcétera. Ahora ya no es solo la sensación de reboot colectivo, es un humor colectivo. Estamos en nuestras cámaras de eco, nos sentimos parte de contextos similares, y a la vez estos se nutren unos con otros contextos diferentes. En pocas palabras: al final todos concuerdan en el desmadre, y esta vez todos concordaron en que el 2016 estuvo de la chingada. Y como no, si todo lo que empezó como un chiste se volvió bien pinche serio al final, al punto que ahora tenemos miedo de los memes de “Mad Max” que hacíamos con respecto a la victoria de Trump a principios del año.

En fin. Yo solo he podido estar anonadado ante lo fácil que fue el contagio social en 2016. Es casi como si por todas las noticias que fluían (muertes de celebridades, atentados, la derecha rises) todos hubieran aprovechado para descargar y achacarle sus penas al pobre 2k16. Y entonces volvemos a lo que decía al principio: creamos estas divisiones para evitar el ansia. El ciclo seguirá. Las consecuencias de lo que pasó este año, a toda escala, seguirán. Pero necesitamos sentir esa sensación de que rebootean nuestra saga que ya estaba por debajo del 40 % en Rotten Tomatoes. Para empezar con una temporada nueva con un director de fotografía que haya trabajado con algún director artsy y para atrapar más anillitos mientras vamos corriendo en nuestro mapa. Aún cuando sabemos que probablemente nos sintamos similar al final del año nuevo.

Quizá el truco no está en declarar un año nuevo como “tu año perfecto”. Realmente no hay manera de aprender por adelantado lo que un año te enseñó, como si fuera el manual de un videojuego y- Espera, ¿eres tú, Brandon Zamudio? ¿Estás seguro de que no te acaba de poseer John Green? Estás bien güey con tus analogías esta noche.

Verán, ahora mismo me siento muy convencido de que este año nuevo estará cool. Es 2017, el siete es genial. Eso sí, se seguirán muriendo celebridades porque es lógico: es el pase de la antorcha. No soy un pinche oráculo pero supongo que se morirán leyendas a este ritmo, mínimo, durante los siguientes cinco años. Pero alégrense, quizá ahora mismo estén naciendo (o sufriendo) las leyendas a las que les van a llorar en… no sé, 2076, el Próximo Gran Año de Mierda. En cuanto al ámbito político no tengo mucho qué decirles que no les haya dicho antes. Pongan su grano de arena, sean buenas personas, y pues, solo espero que el presidente Trump no nos mande a volar a todos en una secuencia mucho menos graciosa —para nosotros— que el final de “Dr. Strangelove” (si ocurre, espero haya aliens en algún confín de la galaxia que nos hayan estado filmando todo este tiempo, como en un reality show, y pongan una canción pendeja en el episodio final, o una laugh track).

Pero qué sé yo. Intenté empezar este texto para darles un mensaje positivo sobre aprender y los cambios y el pasar del tiempo y pendejadas. Ahora estoy ebrio porque tomé mucha sidra, y por sidra me refiero a jugo de uva Boing!™. La verdad es que solo me siento todo tonto porque me falta sueño. Les deseo a todos ustedes un gran año, y si alguna vez necesitan una patada en el trasero para motivarse, vuelvan a leer este texto o pídansela a quien más confianza le tengan. No necesitan de un 31 de diciembre para sentir esa sensación de reboot y empezar a hacer todo mejor.

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