Speed Racer (2008)

4.0

Los primeros minutos de “Speed Racer” son una de las mejores introducciones a un mundo nuevo que he visto en pantalla. A la vez que vemos una vertiginosa carrera, conocemos a los personajes, la familia Racer, al héroe, Speed, y su motivación. Hay flashbacks, diferentes perspectivas, tragedias, metas, y lo que importa en el momento: romper un récord, el de su hermano Rex, quien falleció en un accidente. Entre los brincos y volteretas podemos ver a la audiencia sentándose y levantándose de su asiento, a los periodistas exclamando, todo con una estética de anime tan respetuosa que casi podemos ver las venitas en las sienes y las sonrisas como una D recostada. Es uno de los grandes openers del siglo, un triunfo en edición y en narrativa.

De hecho, toda la película lo es. Tras terminar su estadía en el mundo de la Matrix, las Wachowski se trasladan a una realidad con cimientos igual de orientales pero en un tono completamente diferente, caricaturesco. En una década donde se popularizó la tendencia de adaptar un material inverosímil y plantearlo en el realismo y la seriedad, el formalismode “Speed Racer” es rebelde, estridente. De hecho, llegó en el mismo año que el epítome de esa tendencia, 2008, que vio a “The Dark Knight” ser recibida y alabada como una mesías de las adaptaciones.

Pero las Wachowski dicen no, y muestran una seguridad impresionante para mostrar un mundo irreal en toda su gloriosa irrealidad. La película es un festín de color, luz, sonido y transiciones que planta cara a la idea de que algo de tono ligero no es para tomarse en serio. “Speed Racer” no es estilo sobre sustancia, como muchos críticos en su momento pensaron, sino estilo adaptado perfectamente a la sustancia: hay dos momentos de charla íntima entre el héroe y dos figuras importantes, su padre Pops (John Goodman) y Racer X (un enigmático personaje del anime original), que son tan conmovedores que nos olvidamos del fondo caricaturesco. Mejor dicho, no es que a uno se le olvide: es que uno lo acepta. El estilo es la sustancia.

Y estas emociones, estos diálogos que los personajes intercambian, resuenan porque en el centro de la película hay una cuestión atemporal: el arte contra el negocio, la inspiración y la motivación en un mundo dirigido por el dinero. En la obligatoria fase de la tentación de su viaje del héroe, Speed (Emile Hirsch) recibe una diatriba de parte de Arnold Royalton, interpretado por un Roger Allam que es 25 % Donald Trump y 75 % el peor Christopher Hitchens. Este billonario le dice que todas las carreras por las cuales se ha emocionado durante años han sido arregladas, y que todo lo que importa es la gigantesca industria tras ellas.

El viaje de Speed en la película no es el típico entrenamiento para derrotar a todos en el clímax; es algo interno, una conciliación con el mundo real y una fidelidad a sus ideales. Es precisamente lo que pensamos de las Wachowski cuando nos dejamos llevar por su propuesta. “Speed Racer” es una película de autor, una propuesta arthouse para todas las edades que pasó desapercibida ante casi todos mientras volteaban los ojos hacia adaptaciones “serias”. Aún en retrospectiva y en una era que abraza cada vez más la fantasía, “Speed Racer” está por delante de muchas de las cosas más populares, todas las películas de superhéroes incluidas. Pocas veces hay una sincronía tan palpable entre el creador, la obra, y los mensajes de la obra. Go Speed Racer go! 

Speed Racer

Lana Wachowski, Lilly Wachowski

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s