21 Grams (2003)

3.0

Tan talentoso es Iñárritu que, para su segunda película, ya estaba trabajando en Hollywood y con actores de la talla de Sean Penn y Naomi Watts. Y no solo eso, sino que también estaba llevando sus capacidades de narrador a un nuevo límite, contando de nuevo tres historias entrelazadas, esta vez con una relación más estrecha y menos simbólica que en “Amores perros“. El guionista Guillermo Arriaga y el editor Stephen Mirrione (ganador de un Oscar por “Traffic” de Soderbergh) cuentan esta historia fuera de orden cronológico y el resultado es una proeza.

Pero la pregunta es, ¿qué suma todo esto? ¿qué aporta la técnica? ¿en qué cohesiona todo este despliegue de finiquitud y pérdida? “21 gramos” abre con la pintoresca imagen de una bandada de pajarillos surcando por el cielo, y cierra con su muerte, cayendo como motas de polvo en contraluz. Mientras avanza, estamos tan centrados en encontrarle los hilos conectores a cada escena que se nos olvida que debe haber una razón para el título Ah, ahí está, al final: es el soliloquio interno del protagonista, Paul Rivers (Sean Penn), un hombre agonizante en una cama de hospital que medita sobre lo que se pierde en los 21 gramos que supuestamente pesa el alma. Recordamos una escena anterior, donde tiene una cita con Cristina Peck (Naomi Watts), a quien le da un emocionado discurso sobre los números, porque es un matemático romántico.

Este tipo de revelaciones en retrospectiva caen de golpe, y uno se pregunta si no hubiera tenido acaso más significado la conclusión si todo eso se hubiera ido acumulando en el espectador de una forma más natural. Digamos, en orden cronológico. En vez de revisitar eventos varias veces mediante diferentes ángulos, como el accidente automovilístico que transforma la vida no solo de Paul  y de Cristina sino también del exconvicto-convertido-en-fanático-religioso Jack Jordan (Benicio del Toro), “21 gramos” fluiría mejor y sería más inmediata, aunque sí, también más convencional.

La cosa es que convencionalidad no es lo que Iñárritu ni Arriaga buscan. Quitando lo dulce de la analogía (esta película no lo es), a veces pienso en “21 gramos” como un pastel de chocolate con un glaseado innecesario que sin embargo sabe delicioso. Porque nos presenta un reto adicional, porque hay tomas preciosas de Rodrigo Prieto que hubieran estado ausentes de otra forma, porque simplemente es satisfactorio ver lo poderosa que resulta ser de todos modos aunque pareciera querer distanciarse del espectador, casi presumiendo de los extremos dramáticos a los que llega, tanto sobre la paternidad, la religión y la racionalidad de la devoción, y la lucha por evitar la muerte. Será difícil convencerme alguna vez de que me crea el mito de los 21 gramos o la resonancia del discurso efectista y forzado del final, pero no del impacto que provoca como cátedra de actuación y construcción dramática.

21 Grams

Alejandro González Iñárritu

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