Kingsman: The Golden Circle (2017)

1.0

Creo que nadie puede acusarme de fanboy si empiezo a hablar de Kingsman en relación a James Bond cuando de principio a fin, las dos entregas hasta ahora estrenadas te ametrallan con referencias a las aventuras del Agente 007. Y las he captado todas porque las he visto todas y, si bien no me gustan ideológicamente, puedo reconocer una buena pieza de escapismo y disfrutarla en esos méritos. Eso sentí hace tres años cuando entré a ver “Kingsman: The Secret Service”, tan entretenida que uno deja pasar el hecho de que es una pila de basura anacrónica que empuja 30 años atrás a un genéro (el cine de espías) de por sí condenado a no poder ser muy actual que digamos. Pero hey, al menos no se tomaba en serio, sabía que era una caricatura. Vi la última escena, la del sexo anal, y me dije: “bueno, así es como terminan las 007 de Roger Moore”.

¿Como pude? Ya no son los ochenta. Esas películas, malas pero ahora clásicas, son vistas con afable desdén por ser productos de una época caracterizada por la fatuidad, y donde no había tanta consciencia sobre el subtexto de los blockbusters. Esas tontas películas de James Bond no eran así porque querían ser cool de manera irónica —como se aprecian hoy en día—, sino porque así salían en esos tiempos. En cambio, una aberración como “Kingsman: The Golden Cirle” se da cuenta del éxito que tuvo la primera al traer de vuelta todo ese cochambre nostálgico, y lo exageró a un grado tan nefasto que me despertó del hechizo. Tanto, que me hizo cuestionarme por qué a veces le doy mi aprobación a tonterías de la misma calaña (pero que lo disimulan mejor) solo por ser “divertidas”.

Mientras la veía, recordé como todos amaron “Kick-Ass” hace 7 años y me pregunté si no caímos ante la misma caricia al id, al cerebro reptiliano, al falo erecto mental que busca provocar Matthew Vaughn. El mundo que crea aquí es la fantasía del estereotipo del machito que se cree deseable, con agencias privadas de agentes secretos ocultos no solo tras la industria de la sastrería (como los Kingsman): están también los Statesman, ocultos tras la industria del licor. Me pregunto si hay otras agencias de espías tras los que hacen camisetas de cuello V, carteras, o fundas negras y toscas para celulares. Todos los Momentos Wow no llegan de la acción sino de tipos blancos contemplando trajes. La música te quiere hacer creer que es asombroso, pero se puede ver lo mismo en la sección de caballeros de un Liverpool.

La acción es, de hecho, el factor menos impactante. Si acaso, la persecución en coche que abre es efectiva por por la novedad, pero pierde fuerza rápido. Las peleas son más comprensibles espacialmente que en cualquier Michael Bay pero en esencia son igual de indigestas. Las canciones pop de fondo denotan una envidia de auteur excéntrico hacia un James Gunn o Edgar Wright. Es todo pura saturación: Vaughn parece no haber comprendido que lo que hacía especial a la escena de la iglesia de la primera es que ocurría solo una vez. Durante dos horas, la secuencia cansa. Nadie quiere escuchar un álbum donde todas las canciones sean “Free Bird”.

¿Recuerdan que el personaje de Colin Firth moría? Bueno, ya sabrán por el marketing, pero está vivo. Esta pésima movida tiene una explicación tan risible y un retcon tan forzado que habría que inventar un nuevo término porque “deus ex machina” se queda ya corto: “deux retconex hipermachina 3000” suena más ad hoc. Hasta le quedaría de nombre a las armas que usan los personajes. Los gadgets de James Bond son efectivos como plot device porque son introducidos al principio, nos olvidamos de ellos por el suspenso, y luego el héroe recuerda su utilidad junto con la audiencia. En “Kingsman 2” nunca hacen falta, y pueden hacer cualquier cosa, hasta revivir a la gente. No hay un sentido del peligro.

La villana, la malvada Poppy (Julianne Moore) es la más grande kingpin de las drogas a nivel mundial, y distribuye un virus mortal en todos sus productos (coca, hierba, heroína, éxtasis, etcétera) que diezmará a la población. El primer síntoma es que las venas se tiñen de azul. Por supuesto, ningún reportero de Fox News —o el presidente— las tiene. Sí, claro. Esto es más increíble que su aldea privada en una jungla en Cambodia, revestida al estilo de los años 50 de “American Graffiti”. Lo más gracioso de la película es que aquí Poppy tiene secuestrado a Elton John, quien sabe que está en una estupidez y nos saca sonrisas al mandar a todos al demonio con su sorpresivo conocimiento de las artes marciales. Es un cameo fuera de lugar, un secuestro en sí, un artista queer en un universo agresivamente masculino, y es sorpresivo que se le trate con tanto respeto. Nadie le arranca la cabeza. Es que “Kingsman 2” no le tiene ningún afecto a esa expresión del ser: el agente Harry (Firth) tiene amnesia y se vuelve un aficionado a las mariposas a punto de irse al viaje de sus sueños. Nace de nuevo delicado, apacible. Nuestros “héroes” lo fuerzan a recordar todo provocándole un trauma. Por el resto de la película, continúa con visiones de mariposas que lo distraen en momentos críticos de la misión. Es el único mensaje que nos queda muy en claro: todo lo pacífico es indeseable. Manners maketh man.

Hablando de sexismo, tan solo esperen a ver como superaron la hórrida escena final de la primera. Se racionaliza que la única manera de implantarle un chip rastreador a una agente es mediante una mucosa. ¿Le meterán el dedo a la nariz? No, qué asco. ¿Saben qué más es una mucosa? No se preocupen, Taron Egerton también estuvo incómodo al respecto.

Kingsman: The Golden Circle

Matthew Vaughn

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s