The Thief of Bagdad (1924)

4.0

“El ladrón de Bagdad” de 1924 rebosa de toda la acción, sentimentalismo y fantasía que tienen los blockbusters épicos de hoy en día, que emplean millones de dólares para forjar su espectáculo. Esta solo necesitó poco más de uno, que apenas si logró recuperar. Hay un remake a color de 1940 mucho más famoso, pero el silencio y monocromo le hacen un favor a esta, pues el ojo no tiene distracciones para absorber el vívido mundo creado por el exquisito diseño de producción de William Cameron Menzies.

La otra gran fortaleza de la película es Douglas Fairbanks, un miembro fundador de United Artists quien había interprado a Robin Hood y al Zorro; el epítome del malandrín apuesto con la sonrisa retorcida y un corazón de oro. Su físico grácil navega con seguridad trepando y saltando entre los edificios, muros y de este Baghdad. El Aladino de Disney de inmediato llega a la mente.

Fairbanks es también responsable de escribir la historia, una mezcla y americanización de los elementos más vendibles de “Las mil y una noches” en un viaje del héroe. Hay bestias marinas, alfombras voladoras, pegasos, entes oscuros y magos que te ayudan en el camino cada que pasas un reto, como si fueran checkpoints en algún videojuego de muchas décadas más tarde.

La película abre y cierra con el aforismo de “la felicidad debe ser ganada”, un mensaje certero sobre la persistencia y la superación que sin embargo está envuelto en aspiraciones de clase. En un principio, el ladrón Ahmed está conforme con su posición social e incluso se burla de la religión en una mezquita: su filosofía es “lo quiero, lo tomo”. Es cuando se enamora de la princesa (Julanne Johnston) que reconsidera. Logra ganarse su corazón, pero para estar con ella debe ser un príncipe, o sea, rico. Donde hay escasez, es fácil que cualquier narrativa de superación personal vaya de la mano con una de superación económica.

Ahmed regresa a la mezquita, donde confiesa y es instruido por un religioso a encontrar un cofre que será la solución a todos sus problemas. Cuando lo obtiene, este contiene un polvo mágico que puede materializar de la nada todo lo que quiera, incluso tropas, que usará para tomar de vuelta la ciudad, que fue invadida durante su ausencia (no se necesita ser muy listo para saber cuál es el equivalente de este polvo mágico que te soluciona la vida en el mundo real).

Aún sin efectos especiales modernos, la batalla final se nutre de tomas repetidas de Ahmed engendrando soldados de la tierra una y otra vez para darnos una idea de la escala del clímax. Pero es más que nada al apego hacia la carismática pareja y los preciosos escenarios los que hacen que nuestra mente expanda el mundo en pantalla. Las generosas 2 horas con 20 minutos de duración pasan como un relámpago gran parte gracias al placer visual, un mundo de gigantismo y exceso donde los humanos no son más que figurillas entre muros inalcanzables y colosos de piedra. La tatarabuela de todas esas películas que te dejan el pelo revuelto sin salir de tu asiento. Un clásico que, pese a sus limitaciones, posee un gusto bastante mainstream y moderno.

The Thief of Bagdad

Raoul Walsh

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4 comentarios en “The Thief of Bagdad (1924)

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