The Hudsucker Proxy (1994)

La ciudad de Nueva York es un escenario mítico. Incluso aquellos que la conocen fuera de la pantalla podrían tomar por real la toma inicial de “The Hudsucker Proxy”, con la cámara surcando entre edificios que son en realidad miniaturas, una versión curada de la skyline neoyorquina que remite a las fantasías industriales de inicios de siglo como “Metropolis“. Pero el tono no es serio y la narración es sardónica; la secuencia es algo así como la antítesis de la similar intro de “The Crow“, su onda gótica más bien dickensiana. Vemos a Norville Barnes (Tim Robbins), presidente de Hudsucker Industries, con el delantal que alguna vez usó como empleado de la sala de correos, a punto de arrojarse desde el alféizar del piso más alto: un hombre humilde que voló demasiado alto y ahora contempla regresar a los suelos con un gran salto suicida.

El gigantesco reloj a su lado recuerda, inevitablemente, a “Safety Last!“, aunque nunca imaginarán la variación surrealista que le salva la vida a este héroe de clase obrera. Es una película de los Coen, así que exhibe tanto este savvy del Hollywood clásico como una actitud satírica al respecto. Donde más se nota es en las actuaciones, donde Jennifer Jason Leigh y Paul Newman emulan arquetipos del cine de los años 30 a la perfección —la reportera ingeniosa de acentro transatlántico, el empresario corrupto— con un equilibrio entre la exageración y el respeto. Esto, y el hecho de que el art déco pulule entre cada set en una historia que toma lugar en 1958, vuelven a “The Hudsucker Proxy” más ecléctica que tradicionalista. Uno nunca termina de dilucidar el manifiesto americano de los Coen porque no hay uno, sino jugar con una estética de la que están enamorados.

Por supuesto, nadie pedía eso en 1994, así que fracasó en taquilla a pesar de ser la primera película de alto perfil de los Coen, gracias al productor Joel Silver. Quizá otra historia hubiese sido si Tom Cruise se hubiera quedado con el papel de Norville, pero era imposible que lograra comunicar la naiveté encantadora tan bien como Tim Robbins. Al principio, su personaje se enfrenta al desempleo y a la amarga ironía de que se necesita experiencia hasta para los trabajos más entry-level. Muchos pisos más arriba de él, surge otra ironía: Waring Hudsucker, el presidente de Hudsucker Industries, se arroja por la ventana hacia su muerte, aún tras una junta que, en pocas palabras, revela que están ganando más dinero que nunca.

Liderados por el presidente Sidney J. Mussburger (Newman), el resto de los buitres en la mesa directiva buscan apoderarse de la compañía haciendo que sus acciones bajen de precio al colocar a una persona inepta al cargo. Tras varias secuencias de slapstick e intercambios verbales jocosos en fríos entornos de oficina, Norville es elegido, y le devuelve al sistema su ironía con una venganza: su misma ingenuidad de small town boy malogra los planes de quienes lo manipulan. Su gran invención, un aro de hula, producida en masa para lograr un esperado fracaso, se vuelve la sensación entre chicos y grandes en Estados Unidos. El fracaso es para los villanos de corbata y cigarro, acentuado una y otra vez en un divertido montaje donde incluso el presidente Eisenhower termina felicitando a Norville. Esta secuencia fue filmada por Sam Raimi, y posee la misma comedia rápidamente editada de los montajes en sus películas de “Spider-Man”.

Eventualmente, Norville incluso consigue a la chica, la reportera Amy Archer (Leigh) de The Argus, quien inicialmente buscaba exponerlo como el inepto que es en una serie de artículos. Incluso la redención de Norville tras empaparse del hibris de la cima es barata y literalmente un deus ex machina con fines humorísticos, pero es fácil perdonarle esto a la película cuando nos ha logrado absorber en su mundo absurdo con tanta facilidad, algo que se probaría mucho más exitoso con “The Big Lebowski” 4 años más tarde. Esta inmersión se la debemos también al diseño de producción, de techos altos y grandes espacios, acentuado por el fotógrafo Roger Deakins, quien vuelve a las escenas de los saltos al vacío irreales en su duración pero tan inquietantes como los zooms de “Vertigo”. Las miniaturas de los rascacielos son de una calidad tal que fueron reutilizados en “The Shadow”, las “Batman” de Schumacher y “Godzilla” de Roland Emmerich.

A fin de cuentas, “The Hudsucker Proxy” no es muy inteligente dentro de lo que ocurre en esos sets. No es una épica “Greed” sobre el sueño americano. Es la típica historia del don nadie que despega y luego tiene que recuperar el piso, pero conservando lo que ha ganado. Es cómodo, pero la disrupción provocada por un elemento externo, Norville, en un mundo burócrata al que no pertenece, es suficientemente divertida como para sostener la historia. La escenografía es opaca y lineal hasta que su invención circular y colorida rompe con todo y vuelca la treta de cabeza. Una versión del “Adagio de Espartaco y Frigia” irrumpe románticamente en un universo grisáceo. Cuando es tentado por primera vez por la satánica figura de Paul Newman, Norville termina despedazando su oficina con su torpeza, provocando un incendio y pulverizando un contrato importante. “The Hudsucker Proxy” es una película de buen corazón donde el chiste siempre es torcido hacia el poderoso, quien es salvado por el buen corazón de sus inferiores, traducido en dobles costuras en los pantalones.

The Hudsucker Proxy

Joel Coen

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