The Thief and the Cobbler: The Recobbled Cut (2013)

4.0

Si, por una serie de desgracias de la máquina hollywoodense, “Ciudadano Kane” hubiera visto la luz no en 1941 sino 30 años después, mutilada, alterada, y ya aventajada en sus innovaciones hastas por la cinta más banal, ¿podrías apreciarla tú mismo, en tu corazón, aunque el resto del mundo no le cantase la misma oda? Si la respuesta es sí, ya estás un paso más adelante de Richard Williams, el animador canadiense cuyo hibris deshizo la obra de su vida. La trágica historia de “The Thief and the Cobbler” es tanto un argumento a favor del trabajo duro y lento, como uno contra la arrogancia del autor. Desde el inicio del proyecto a inicios de los 60 bajo el nombre de “Nasrudin”, Williams lo concebía como una épica de 3 horas que salvaría la animación de su descenso a la banalidad; había aquí amor al arte, pero también la ceguera de quien ha racionalizado una decadencia en él que solo puede ser remediada con su propia mano. Es volar muy cerca de un sol que uno mismo ha encendido.

Tras una larga trayectoria animando comerciales y secuencias de créditos para películas —destacan dos de la Pantera Rosa y la parodia de James Bond “Casino Royale” del 67—, Richard Williams ganó un Óscar por su trabajo en “Who Framed Roger Rabbit”, lo cual lo volvió una apuesta viable para Warner, quienes brindaron financiación para completar “The Thief and the Cobbler” en 1990 y volverla un hit. Pero desde su ADN, la cinta no podía ser un éxito comercial: era larga, absurdista, silente, y mantener el virtuosismo significaba que los animadores no cumplirían con las deadlines. La película les fue arrebatada de las manos para ser completada por Allied Filmmakers en 1993, ahora titulada “The Princess and the Cobbler” y con atroces números musicales que la hacían ver como un mockbuster de “Aladdin”. En 1995 fue el turno de Miramax de escupirle; “Arabian Knight” no añadía demasiado insulto, pero la voz del comediante Jonathan Winters como el ladrón —que se supone era mudo— es tan irritante que la vuelve aún más imposible de ver.

Sin embargo, en su forma más pura y fiel a la visión de Williams, “The Reccobbled Cut” (un fan edit cuya última versión fue liberada al internet en 2013), “The Thief and the Cobbler” se reposiciona como la obra maestra que jamás tuvo la oportunidad de ser. Es de las grandes películas de “Las mil y una noches”, su visión de una metrópoli árabe tan sobrecogedora como la de ambas versiones de “El ladrón de Bagdad“, y aún más, liberada por la animación. La arquitectura aquí decanta hacia Escher y los personajes se mueven con fluidez, gravedad y volumen a pesar de tener una estética plana basada en grabados persas. Estos híbridos del estilo UPA y Aubrey Beardsley navegan un mundo caleidoscópico donde la física es versátil y los tapices de los pasillos se vuelven fractales y rehiletes al correr a través de ellos. Aún en sus versiones corruptas, “The Thief and the Cobbler” tiene secuencias que, de haber sido vistas por el público en su momento, hubieran representado un salto cuántico para la animación. El trabajo de Williams y compañía es una prueba de que la mano no necesita de tecnología complicada para producir magia si está lo suficientemente dispuesta.

De hecho, el clímax puede ser entendido como un manifiesto de la superioridad de la mano ante la máquina: la armada enemiga, los One-Eye (mastodontes con hileras de dientes que llegan hasta su paladar), posee un armatoste de guerra que supera en monstruosidad a todas las fuerzas de Sauron en “El Señor de los Anillos”, una mezcla steampunk de tanque y araña con partes orgánicas. Es también muy impráctica, una máquina de Rube Goldberg que colapsa en efecto dominó durante la última media hora. La cinta es puro dinamismo, y la única razón por la que se llama “The Thief and the Cobbler”, con el nombre del ladrón en primer lugar, no es por la profundidad de su personaje sino porque es el bufón que se mueve a través de estas ordalías surrealistas como un Buster Keaton en dos dimensiones. Las persecuciones son quizá las mejores de su tipo, superando a décadas de cortos de Looney Tunes y más cerca del delirio live action de entregas como “Valerian” o “Mad Max: Fury Road”.

El estilo es la prioridad de la película, y resulta irónico que todo lo demás se hunda en la banalidad que tanto despreciaba Williams. No hubiera sido bien recibida en los noventas aún si Warner Bros. la hubiera estrenado. “Aladdin” de Disney tenía un tratamiento más complejo de la misma historia del alma sencilla y humilde salvando al reino. “The Thief and the Cobbler” es frustrantemente arquetípica: la ciudad está protegida por 3 bolas de oro en un alminar cuyas propiedades mágicas nunca se especifican. El ladrón se las roba, y ello inicia la invasión de los One-Eye y el viaje del héroe del anodino zapatero. ¿Qué hacen estas bolas? ¿Cuál es su poder, además de hacer que todo espectador ría tantito ante las constantes menciones de “bolas”? El ladrón las mete a su camisón y, como un escroto gigante, lo hacen caer de la torre. Antes de eso, el ladrón se había metido al cuarto de baño de la princesa YumYum a través de las tuberías, localizado en un par de torretas con cúpulas color crema y punta rosa que lucen como un par de tetas. Estos detalles no son especialmente perniciosos, pero no ha envejecido muy bien.

Y sí, la princesa voluptuosa se llama YumYum. Los personajes son ponis de un solo truco visual. El protagonista, el zapatero Tak, tiene tachuelas guardadas por todas partes y su boca es ilusoria, formada por dos tachuelas cuyas cabezas actúan de vértices que forman una sonrisa. El villano, el visir ZigZag, posee dos articulaciones en sus brazos y camina en zigzag; es el mejor diseño de la película, un cuervo azul de dientes inquietantemente rectos y cara afilada que escupe rimas con el doblaje de Vincent Price, la única voz que funciona en lo que es básicamente un filme mudo. Está lleno de ticks y personalidad: cuando camina, sus zapatos se desenvuelven en direcciones opuestas y se semeja a los Blue Meanies de “Yellow Submarine”. Pero claro, la calidad es tan alta que hace ver a la película de los Beatles mediocre y burda. Lástima que haya tan poca sustancia uniendo el delirio visual.

A pesar de lo que su autor creyó por toda su vida, “The Thief and the Cobbler” no necesitaba ser una película. Las partes más impresionantes bastaban para armar un cortometraje que le hubiera dado a Williams la reputación temprana para seguir adelante con cosas mejores en su carrera, cosa que hizo, pero ya entrado en su octava década con “Prologue” de 2015. Para un artista reflexivo, “The Thief and the Cobbler” representa tanto una aspiración como una advertencia. Todos los demás tienen la suerte de disfrutar en paz una obra de arte única que pudo jamás haber visto la luz, creada por uno de los poquísimos individuos en la historia dignos de ser llamados maestros en su oficio.

Véase también: el documental “Persistence of Vision”. 

The Thief and the Cobbler: The Recobbled Cut

Richard Williams

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