Battleship Potemkin (1925)

4.0

“El acorazado Potemkin” es probablemente la película más accesible del cine mudo a pesar de ser una pieza propagandística, gracias a su entendimiento del lenguaje. Su secuencia estelar en las escaleras de Odessa, a pesar de ser tan reconocible como el hombre colgado del reloj en “Safety Last!” o el hombre de la luna en “A Trip to the Moon“, provoca más que el gesto de simpatía al ver estas escenas recreadas hasta el infinito; la ordalía del pueblo ruso acribillado por las fuerzas imperiales inspira muecas de horror y desesperación iguales a las que nos muestran los generosos close-ups. La fuerza del momento es más equiparable a la separación entre Charlot y el muchachito en “The Kid” y, tomada como un todo, la concisa película de poco más de una hora conmueve hasta las lágrimas. ¿Quieres enamorarte del cine mudo? Ve “El acorazado Potemkin”.

El “Principe Potemkin de Taurida” fue un navío del imperio ruso en el que tomó lugar un motín en 1905, durante la primera de las dos revoluciones. El barco terminó siendo desensamblado, pero Eisenstein sabe qué partes abarcar y cuales no. Comisionada por el Comité Ejecutivo Central Panruso para el 20 aniversario de la primera revolución, la película iba a ser una épica que abarcaría la guerra ruso-japonesa, el genocidio armenio, la Revolución de Octubre y el Domingo Sangriento. Economizar la trama le hizo un favor al proyecto para la posteridad: en vez de ser una aburrida lección de historia con su fervor apagado por los años, sobrevive el de las imágenes. Durante algún tiempo, “Potemkin” fue reconocida como la mejor película jamás hecha. Hoy en día ya no, pero sigue siendo la quintaesencia de las rebeliones en celuloide.

Y todo esto, aún sin profundizar. Lo que es más, precisamente por no profundizar. De forma similar al protagonista de “V for Vendetta”, aquí ningún personaje trasciende el ser más que la encarnación de una idea. Ni el heroico Vakulinchuk posee un trasfondo o motivaciones más allá del martirismo. Como se lee en la introducción, cada individuo se pierde en la masa y esta en el élan revolucionario. Los opresores son igualmente caricaturescos, de gesto gélido y ceja alzada, y sus acciones simbólicas, primero irrumpiendo el sagrado sueño de los trabajadores y posteriormente alimentándolos con carne podrida. Esta no es la hipérbole, sino el hecho de que el doctor a bordo pegue su lente al tejido consumido por gusanos para luego insistir en que es perfectamente comestible. La imagen de las larvas cayendo regresa cuando él y el resto de las autoridades del navío son arrojadas por la borda, un símil visual que provoca una sonrisa a cualquiera que haya llamado “puerco” a un policía.

La mayor virtud de la caracterización aquí es que los villanos son odiables. Provocan la misma indignación que los nazis en “La lista de Schindler” y que cualquier régimen autoritario fantástico, como el Imperio Galáctico de “Star Wars”. Cuando se ejecuta la Orden 66 en el Episodio III, es evidente que Lucas iba por un efecto similar al de Odessa. Y así con cualquier distopía. A pesar de lo falso que luce a estándares actuales la carreola precipitándose por las escaleras con un bebé indefenso, la imagen sigue calando y uno espera lo peor. Cuando está a punto de volcarse, Eisenstein hace un fade to black. Al negarnos el voyeurismo, le brinda más peso.

Es todo tan enervante que incluso Goebbels, gran fanático de dar su reseña no solicitada (como ocurrió con “Metropolis“), afirmó que se trataba de “un filme maravilloso sin igual… cualquiera sin convicciones políticas firmes se podría convertir en un bolchevique tras verlo”. Cuando llegó su deseado equivalente nazi, “El triunfo de la voluntad“, ni de lejos provocó el mismo impacto. La obra de Riefenstahl es pura técnica fría, basada en el fetichismo de la imagen; “Potemkin” tiene pathos y se consume rápido.

Y, cuando llega el fetichismo, logra lo glorioso: la bandera roja del navío, coloreada a mano por Eisenstein, provocó en la premier un estruendoso aplauso. La modernísima última toma, un contrapicado de la proa, con la tripulación visible celebrando desde ambos flancos, termina consumiendo el encuadre en negrura. Nuevamente, es tan efectiva como los remates de “Star Wars”. De hecho, en 70 minutos, “Potemkin” pasa por todos los beats de la Trilogía Original: el descontento social, una primera victoria que se logra fácil pero con un costo (el mártir), un contraataque imperial, y una victoria final y noble para los buenos. Vista como algo más que propaganda, es una masterclass para nuestras amadas historias de opresores contra rebeldes.

Bronenosets Potyomkin

Sergei Eisenstein

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