7th Heaven (1927)

4.0

“7th Heaven” puede parecer naíf ante el cinismo moderno, pero desde un principio los protagonistas prueban su valor cristiano y, con ello, sellan su final feliz. Chico y Diane son tentados con satisfacciones fáciles y asequibles que solo requieren una falta de virtud que les sería inconsecuente. Chico (Charles Farrel) es un trabajador en las alcantarillas parisinas, tentado por su colega Rat (George E. Stone) de mirar hacia las bragas de las muchachas que pasan por encima de las tapas. Él se niega y lo reprende; tan honrado es, que su aspiración no es ser millonario sino pasar de limpiar cloacas a limpiar banquetas.

Por su parte, Diane (Janet Gaynor) es agredida por su sádica hermana Nana (Gladys Brockwell) y manipulada para obtener dinero para absenta, con implicación de trabajo sexual. Su posible escape llega de manera sospechosamente fácil para el primer acto: el padre Chevillon (Emile Chautard) visita a Nana para avisarle que, tras varios años, sus tíos han regresado de su viaje, ricos, y planean darle techo a ambas. Cuando llegan, son recibidos con un abrazo; Diane remarca el aroma a sándalo y lino que desprende su tía.

Pero hay una condición: su tío solo piensa llevarlas si han sido “chicas buenas”. La implicación de castidad es directa. Diane no puede ocultar la verdad; su tío les arroja tres billetes con desprecio y se marcha con su mujer y mayordomo. La película parece obviar, o incluso secundar, la mezquindad y falta de empatía del tío al no considerar que sus sobrinas no tenían de otra en esas condiciones. Esta ceguera se justifica con la glorificación del “mérito propio”, con la cita introductoria: “para aquellos dispuestos a subirla, existe una escalera de las profundidades a las alturas, de las cloacas a los cielos, la escalera del coraje”. Hace eco de otra película con una noción similar y redención del pobre corrupto: la épica “The Thief of Bagdad” de 1924, que abre con una cita similar pero en un contexto musulmán. El tropo no sobrevive a una consciencia social actual, pero estas son meras fábulas, fantasías citadinas.

Nana se pone furiosa y casi mata a Diane, quien es rescatada por Chico; en su primera interacción, reluce una de las personas más sexistas del cine, el cowboy solitario de corazón de oro que rechaza su bondad. La salva tres veces: de asesinato, suicidio, y arresto, y aún así lo excusa y la trata con frialdad a pesar de llevarla a vivir a su casa. Esto conecta con su ateísmo, sorprendentemente explícito para la época. Es tratado como el fruto de todas sus carencias; el negar al “Bon Dieu” (bueno dios) también ofusca su posibilidad de amar.

Cuando el amor llega, la película aflora y uno ve más allá de los sesgos de la década. Ahora es incómodo de mirar como Chico trata con crueldad a Diane aún cuando esta lo procura, le hace de comer y corta su cabello; pero con el tiempo, este aprende a abrirse, a decir “te amo”, y las cosas cambian. Era una eventualidad desde su primera noche juntos, cuando Chico deja su cama por el balcón para cederla a Diane.

Uno puede ver la inspiración más discreta de Damien Chazelle para “La La Land”: el ímpetu del Sebastian de Ryan Gosling es tomado del tipo asentado por Farrel. “Nunca debes tener miedo, debes mirar hacia arriba… yo siempre miro hacia arriba, y por eso soy un sujeto notable”, afirma pomposamente mientras ambos contemplan las estrellas. Uno casi espera que salten hacia ellas. Es una simbiosis tal que, cuando llega la Gran Guerra y Chico debe partir, Diane es optimista. Esta escena intercala con la reacción funesta de su colega y vecino Gobin (David Butler) y su mujer, para mostrar la fuerza del lazo de los primeros.

“7th Heaven” es una de las grandes películas mudas, pues todo el pathos viene de la imagen. Cuando Diane es bienvenida al apartamento de Chico en el séptimo piso, un tracking transverso ascendente emula el ascenso de dos almas perdidas hacia la divinidad que negaban o les era negada. Cuando llega la despedida, la silueta femenina de Diane se disuelve a un reloj de péndulo. En este adiós, Farrel y Gaynor exudan una pasión pura que no necesita de sonido, dos de las más grandes actuaciones de aquellos tiempos, a la altura del adiós entre Chaplin y el niño en “The Kid“.

La fe de Diane es puesta a prueba con la noticia de la muerte de Chico, el mismo día en que la guerra termina. La ironía es tan amarga, tan azarosa, tan atea, que Diane queda devastada; aún así, niega la autoridad terrena en los consuelos del padre Chevilln y el coronal Brisaac (Ben Bard). ¿Que van a saber ellos de su divinidad, de su amor?

Chico regresa, herido pero vivo, y se reúne con su amada. Es implausible y puede ser juzgado como kitsch, pero respeta el adagio de que el arco de un personaje es regresarlo a su situación inicial con un cambio. Su muerte no era necesaria; solo pagar un precio. Chico ahora es ciego, pero por primera vez puede ver. Para ser tan cristiana, “7th Heaven” es de conclusión secular: la luz que baña a los amantes no es invocada por la presencia del sacerdote, proviene del mismo cielo que los unió con sus estrellas. Es un remate de manifestación milagrosa que luego veríamos en películas como “Ordet” o “Breaking the Waves”. Aún muda, es pura poesía.

7th Heaven

Frank Borzage

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