Sunrise: A Song of Two Humans (1927)

4.0

Inevitablemente, al ver cine mudo hoy en día, incluso con disfrute, se hace un esfuerzo mental por actualizar la imagen, concebirla como la novedad que fue otrora. Los ojos buscan eliminar el ruido y se compadecen del frame rate caricaturesco. En “Sunrise” este empeño cae al mínimo; Murnau nos planta algo moderno, un estilo tan refinado como el de un cineasta actual. Sin embargo, aquí no hay nombres, épocas, o lugares específicos. Inteligemente, todo se mantiene típico, empleando ideas y sentimientos: la Ciudad, el Hombre, la Mujer, como casillas de lotería.

En las tomas introductorias, trenes se disuelven entre turistas; la gente de la ciudad busca un escape en la idilia rural. En una cabaña cerca de un lago se hospeda la Mujer de la CIudad (Margaret Livingston), arrogante y clasista, soplando humo de cigarrillo en la cara de la señora a la que hace pulir sus zapatillas. En las noches sale y persuade al Hombre (George O’Brien) de engañar a su Esposa (Janet Gaynor), quienes, dicen en el pueblo, estuvieron alguna vez locamente enamorados.

En un principio, parece que la película será una tétrica historia de crimen. La Mujer de la Ciudad intenta convencer al Hombre de asesinar a su mujer arrojándola al lago, vender la granja e irse a vivir con ella a la ciudad. La audacia expresionista de Murnau hace que incluso las title cards tengan estilo, con la palabra “drown” licuándose, justo como se siente en la mente del Hombre.

La Esposa, emocionada porque su marido muestra súbito interés de nuevo en ella, acepta ir a cruzar el lago con él, dejando a su bebé en manos de la criada. Secretamente, el Hombre ya tiene guardados unos carrizos en el bote para usarlos de flotador. Se yergue por sobre ella, oscuro y ojeroso —un eco de “Nosferatu“—, y aquí vemos por primera vez por qué Gaynor se llevó el primer premio a Mejor Actriz en la historia. Contrario a todas las cosas que podrían considerarse anticuadas en “Sunrise”, la sugerencia de un feminicidio cada vez conlleva más peso. Es una escena gravísima, y Janet está trascendiendo la pantomima con su semblante de puro horror.

O’Brien es una presencia hórrida en esta escena. Sus pasos son lentos y hoscos, ayudados por unas pesas en sus zapatos. Contrario a lo que casi cualquier DP haría, Charles Rosher y Karl Struss (que también ganaron aquí el primer Óscar en su área) no lo enmarcan en un contrapicado sino desde arriba y sin rostro, jorobado por lo que está a punto de hacer. Naturalmente, colapsa y desiste; sus patéticos intentos de conciliarse con su esposa al perseguirla hasta la ciudad son tanto su nadir como su redención. En una iglesia, llora al recordar su casamiento, y con ello se expurga: ambos salen de ahí felices ante la muchedumbre, nacidos otra vez.

La situación, por supuesto, es ridícula e imposible en la vida real. Si un hombre siquiera considera la idea de cometer homicidio es seguro asumir que está más allá de toda redención y mucho menos en el mismo día. Pero las películas no son clases de ética, y el cine mudo tiene como ventaja la cualidad onírica. Lo que empieza como una pesadilla culmina en una hermosa fantasía. Los sueños, como revelaciones del subconsciente, usualmente son tanto monstruosos como melodramáticos, y usualmente en la misma noche, en la misma semblanza de narrativa. Están habitados por animas con todas y ninguna de las características del soñador, en lugares que recuerdan a todos y cada uno de los que ha visto: la Ciudad aquí parece Vegas, parece Nueva York, parece el ideal americano de la metrópolis.

“Esta canción de un Hombre y su Esposa pertenece a ningún tiempo y a ningún lugar; podrás escucharla donde sea, cuando sea. Pues dondequiera que el sol salga y se ponga, en el tumulto de la ciudad o bajo el cielo abierto de la granja, la vida es siempre la misma: a veces amarga, a veces dulce.”

En absoluto estoy sugiriendo una interpretación literal del filme como un sueño. Simplemente, así como el soñador reflexiona y ve algo de sí mismo en lo que parecía entelequia, así lo hacemos con el cine. Por recrear de manera tan pura ese estado, “Sunrise” es una de las obras maestras del medio. De haber sido una película más tradicional hubiera terminado con un final feliz a la mitad, en la escena de la iglesia. En su lugar, la trama sigue fluctuando: como en éxtasis REM, no nos priva de lo que queremos imaginar sucede al final feliz de la mayoría de los romances. Y con la misma lógica onírica, elementos de la oscuridad del principio llegan por asociación, con un hombre y una mujer extraños como símbolos que ponen a prueba la fidelidad de la pareja que alguna vez fue perpetrada.

Cuando se regresa al escenario donde el crimen habría de ser cometido, vuelve la crisis, no por volición sino por la fuerza del mórbido deseo enterrado, ahora despreciado por el superego, de que la Esposa muera ahogada. De vuelta en la ciudad, los escenarios de la luna de miel son desolados por los fuertes vientos. Y por un momento parece que ha sucedido lo peor, remate que hubiera vuelto de “Sunrise” una crítica social. En su lugar, es algo más: como ocurre con el final implausible pero igualmente poético de “7th Heaven“, el final feliz llega porque es nuestra esperanza de un cambio a pesar de la tormenta siempre latente. No es la boda, sino la última e irreal toma de un amanecer, la que le da título al filme, el verdadero final feliz inalcanzable al que todos aspiramos. La canción de dos humanos, de estos y cualesquiera, no se escucha con lógica sino con fe.

Sunrise: A Song of Two Humans

F. W. Murnau

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