The Passion of Joan of Arc (1928)

4.0

Popularmente, la palabra “pasión” se asocia con lo romántico y lo erótico: imaginamos un sujeto activo, un amante inflamado. Pero etimológicamente viene del latín “passio”: está relacionada con el padecer, con un sujeto pasivo. “La pasión de Juana de Arco” es precisamente eso, un chiaroscuro en movimiento sobre una muchachita condenada y su impotencia.

Rara vez el título de una película es un indicativo tan literal. Antes de verla por primera vez, me dediqué a informarme más sobre la historia de la mártir francesa con tal de evitar confusión. Años de biopics actuales no pudieron prepararme para lo que la experiencia realmente era: no había una sola mención a la Guerra de los Cien Años, solo close-ups al rostro de Renée Jeanne Falconetti, de repente desconectado de la gravísima situación, casi disasociado, luego tan horrorizado que lágrimas me comenzaron a rodar incontrolablemente por las mejillas. El staccato precioso pero impasible del soundtrack “Voices of Light” de Richard Einhorn le daba una inevitabilidad a los eventos, una cualidad alienígena al espacio. Imagen y sonido exclamaban que el contexto histórico ya no importaba.

De repente una toma del rostro de Juana conecta lógicamente con la de su interlocutor; luego vamos al extremo y vemos un perfil aguileño, o unos labios prominentes, o una mirada de satisfacción burlona. Es con esa morbidez con la que realmente está hablando, presa de hombres que no solo saben que morirá sino que quieren matarla, bajo la paz mental de estar defendiendo la Palabra de Dios. Para ojos actuales y socialmente conscientes, es una visión tortuosa e infuriante, una ronda de hombres ejerciendo una serie de violaciones, desde sus preguntas perniciosas y el corte de cabello forzoso, hasta la eventual ejecución. Y uno está convencido de que esta, al igual que las quemas de brujas, es nada menos que un feminicidio.

Hay algo más devastador en el profundo odio psicológico representado por Dreyer que en la violencia cruda forzando empatía en “La pasión de Cristo” de Mel Gibson. Es una pelicula donde cada toma te priva de la escapatoria; tendrías que taparte los ojos, y una vez que has mirado a los de Falconetti, nunca se irán de tu memoria. Su juicio es un infierno, y está aquí en la tierra, y los que lo imponen se dicen agraciados.

Pero Juana, esa femineidad que buscan demoler, está más allá de todos ellos. Evade sus preguntas y cuando las responde las exhibe como absurdas, insoportablemente terrenas y ciegas. Cuando es interrogada por los detalles de su supuesto encuentro con San Miguel, lo único que obtienen de ella es la indignación de saber que sus experiencias son incomunicables, y que jamás vivirán algo parecido. Juana les niega su presunción al arrojarles lo insondable al rostro. Los hombres son, filosóficamente, los verdaderos impotentes en este juicio, perdidos en el alto contraste de sus asientos, fácilmente explorables por un panning, mientras que la cámara se posa atenta en el infinito del rostro de Juana, iluminado claramente.

Vista de forma muy literal, uno no puede dejar de prestar atención al hecho de que Juana bien pudo haber sido una esquizofrénica o una epiléptica sufriendo de alucinaciones auditivas. A fin de cuentas, el guion es una adaptación de las transcripciones reales de sus juicios en 1431. Quizá todo heraldo de lo divino a lo largo de la historia ha sido un enfermo mental. Y qué inhumana puede ser la cordura, uno piensa, al ver de lo que es capaz de inflingir.

La passion de Jeanne d’Arc

Carl Theodor Dreyer

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